El fin del futuro, una cuestión de principios

El filósofo se llama Franco Berardi (Bolonia, 1949), pero le dicen Bifo. Es italiano, y vuelve a ser editado por Caja Negra para vertir sus conceptos, plenos de lucidez, sobre “la era de la impotencia y el horizonte de la posibilidad” en un libro llamado Futurabilidad.El sabio ahínco que pone al servicio de no encontrarle la vuelta a la ratonera que es la sociedad moderna y todas sus proyecciones podría ser el verdadero comienzo de alguna esperanza. Pero ése es otro tema. Antes de cualquier coda de ilusión, Bifo escarba y busca el génesis del abatimiento hasta en los síntomas más mundanos de la cultura pop.Recuerda, entonces, su primera experiencia con los videojuegos en los ‘70. “(…) Tarde o temprano, el juego llegaba a su fin y sobre la pantalla aparecían dos palabras fatídicas: game over. En aquel tip de videjojuego primordial, sin importar la velocidad o destreza del jugador, la máquina tarde o temprano siempre ganaba. Eran máquinas que jugaban contra sus creadores humanos y le ganaban, porque su creador humano había constuido el juego de manera tal que la máquina nunca pudiera ser derrotada. Hoy vivimos en un mundo que tiene el game over incrustado: la automatización gana por diseño”.
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Vale agregar, la epifanía de Bifo tardó en cristalizarse y no fueron escasas las ocasiones donde primó el optimismo y la derrota cultural del juego finalizado. “We Won” (Ganamos) fue el resumen de la crítica Gina Arnold en 1993, militante de la música under estadounidense y responsable del libro Route 666: On the Road of Nirvana, donde festejaba que el legítimo éxito del grupo de Kurt Cobain no solamente se leía como el caballo troyano de un montón de música arriesgada, oscura, subterránea y poco difundida, generada por grupos como Black Flag, Sonic Youth, Pixies, The Replacements, Dinosaur Jr, Hüsker Dü y otros. También suponía la derrota del rock macho de Guns n’ Roses y Metallica e, incluso, como soundtrack de la renovadora generación que meses antes había derrotado en las urnas tres períodos consecutivos de gobiernos republicanos, para encumbrar a Bill Clinton.Un año más tarde, Cobain se quitaba del medio, y todo lo que parecía un triunfo generacional se tornó desazón y agobio. La euforia del “ganamos” quedó iluminada por el fulgor (“es mejor arder que enmohecerse”, escribió en su carta de adiós, citando a Neil Young) y, de tan radical su postura, puso en jaque al discurso rockero que le sucedió: si la forma impuesta de sincerarse es admitir que la única salida es el suicidio, ¿cómo continuar? ¿Game over?El cineasta Samuel Fuller, hasta ayer objeto de una retospectiva en la sala Leopoldo Lugones, no tuvo tiempo de hacerse esas preguntas. En 1945, como soldado, ingresó en un campo de concentración nazi y filmó cientos de cadáveres apilados en fosas comunes, resultante inequívoco del odio y el totalitarismo que sus películas combatieron de principio a fin, atravesando la cuestión sin anestesia, por la boca misma donde se identificaba el conflicto.Anteayer, se exhibió suyo un título como El perro blanco (White Dog, 1982) que expone el tema del racismo, involucrando en él al animal con menos posibilidades de detentarlo, corrompido por el único capaz de estar orgulloso de serlo: el hombre. La excepcional película de Fuller, cosas de la temporalidad del streaming, pudo verse simultánea a la posibilidad de accder al documental Al filo de la democracia (Petra Costa, 2019) que nos recuerda que en el país vecino de Brasil gobierna alguien que imitaba disparos, como gesto de la campaña que lo encumbró.

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