El nuevo enfoque profesional supera al arquitecto diseñador

En la actualidad, los alumnos de arquitectura comienzan sus estudios con un paradigma de arquitecto diseñador que dista mucho de lo que sucede dentro de los claustros universitarios, donde la formación es más amplia, donde se aprende a diseñar y materializar diversas escalas y tipos de edificios. Este nuevo enfoque profesional, lejos del arquitecto diseñador, responde a lo que el mercado actual requiere.Nuestro mercado demandaba que el arquitecto hiciese todo sin contar con las herramientas para cumplir los objetivos, a diferencia del modelo más generalizado en Latinoamérica que se dedicaba fundamentalmente al diseño; y todo lo demás que requiere el proceso del desarrollo de una obra en sí, lo complementaban equipos interdisciplinarios formados para dicho fin.El desarrollo actual de la arquitectura como negocio inmobiliario, más conocido como real estate, parece contraponerse con el preconcepto del arquitecto diseñador que imponía su proyecto y donde se tenía un comitente dócil que lo aceptaba y pagaba. El mercado solicita productos que a veces distan de los que se desea diseñar. Hoy el comitente manda y demanda. Se afirma la tendencia del trabajo interdisciplinario, el requerimiento del manejo de nuevas herramientas para el desarrollo, control y posterior administración de los hechos de arquitectura.

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¿Por qué contratar un arquitecto?

El mercado argentino, desde hace unos años, requiere del modelo del arquitecto desarrollador y/o gerenciador, implementado especialmente en grandes obras o en el mercado corporativo, importado de modelos globales, utilizados por las casas matrices. El modelo del arquitecto diseñador no contaba con las capacidades para responder los requerimientos de economía, análisis del cliente, de valor diferencial, de riesgo, de mercado, de manejo de equipos de trabajo, de estándares de calidad internacionales y la implementación de nuevas y/o mejores tecnologías.No era viable considerar un hecho arquitectónico como un posible producto dentro de una marca, ni mucho menos importar modelos preexistentes y adaptarlos al país. Muchas casas de estudio se vieron forzadas a brindar posgrados y cursos de especialización a profesionales que pudieran complementar la formación universitaria tradicional. Hoy en día, los planes de estudio universitarios más actualizados incluyen estas temáticas en sus currículas, permitiendo un conocimiento más integral, generando prácticas pedagógicas continuas y permitiendo una inserción laboral más inmediata en un mercado que demanda, cada día más, estar a la altura de los estándares internacionales, adaptados a los requerimientos regionales.Como sucedió hace unos años con la temática de la sustentabilidad en el diseño y la construcción, y las nuevas normativas para lograr la obtención de nuevas certificaciones (como por ejemplo, las normas Leed, o las más actuales, las normas Edge), el arquitecto debió capacitarse y adaptarse a las nuevas prácticas, no sólo del mercado nacional sino internacional. Ya no es aceptable un diseño sin que se contemplen temas como uso racional de los recursos energéticos, orientación, materialidad, puesta en funcionamiento y mantenimiento de los componentes del proyecto; ni mucho menos, que no considere su entorno. Conocer acerca de nuevas técnicas, materiales y tecnologías, permite brindar soluciones y desarrollos con mayor vida útil y eficiencia. Estos temas ya no son vistos como valores diferenciales de un proyecto sino como soluciones estándares aceptadas y requeridas por el mercado actual.

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Amplían el llamativo New Museum con un anexo más espectacular

El proceso de cambio del Código de Planeamiento Urbano y de Edificación de la Ciudad -como puntapié inicial para el análisis de todos los códigos del área metropolitana- junto al auge del desarrollo de los espacios urbanos, han dado a conocer al público la importancia de la correcta planificación del urbanismo. Se necesita una arquitectura pensada para el nuevo ser urbano, con sus nuevas necesidades; pero no sólo para el momento actual sino con la posibilidad de adaptarse a medida que el usuario evolucione.El fomento del uso de transportes públicos (tren, colectivo o la bicicleta), para mejorar la ecología urbana (no sólo entendida como cuestión medioambiental sino también económica), ha derivado en una nueva configuración de los espacios públicos. El urbanismo era considerado un tema menor dentro de las prácticas del diseño que, por suerte, se han reconsiderado poniéndolo en un lugar preponderante tanto en los programas de estudio como en mesas y discusiones profesionales y políticas.Siempre escuché decir en ámbitos informales que el arquitecto debía tener una formación en psicología, ya que debía interpretar a las personas y brindarles soluciones adecuadas a sus deseos. Hoy en día, el profesional no sólo escucha a su comitente sino que tiene que estar atento a cambios sociales, económicos y políticos para poder proponer diseños de nuevos espacios para los nuevos deseos y necesidades del nuevo ser urbano. Entender su posible evolución y anticipar probables cambios. La creación de nuevas formas de connivencia debe ir acompañada de nuevos ámbitos que permitan un adecuado desarrollo de las actividades por venir.El arquitecto 3.0 debe tener visión integral, manejo de equipos de trabajo y sed de nuevos conocimientos. Se requiere de una formación constante pero no necesariamente dentro de las temáticas de la carrera inicial. La diversidad de saberes dará mayor flexibilidad y adaptabilidad a los nuevos requerimientos del mercado.Como profesionales de la construcción y el diseño, debemos brindar nuevas estrategias de convivencia e intercambio. La creatividad y la curiosidad, motores de casi todos los que abrazamos esta profesión, deben estar agudizadas y acompañadas de conocimiento de gestión para adecuarnos a las nuevas demandas, generar nuevas necesidades y brindar mayor tecnología que facilite la vida de quienes habitan nuestros proyectos. Como en muchas disciplinas, el devenir de nuevas tecnologías y nuevas demandas del mercado requieren de equipos interdisciplinarios actualizados y con amplitud de pensamiento.

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Las muertes detrás de los grandes edificios porteños

La mañana del 1° de junio de 1904, Vittorio Meano se miró al espejo. Afinó con sus dedos los extremos del bigote, revisó su traje, su chaleco, su camisa de cuello desmontable y peinó su pelo oscuro hacia atrás, en un gesto que le reveló unas profundas entradas. Pero esa incipiente calvicie no importa, su imagen es la de un profesional reconocido por la élite porteña, nada más y nada menos que el arquitecto del Teatro Colón y del Congreso Nacional. Un hombre serio, responsable, apasionado de su trabajo que ese día saldrá de su casa dos veces: una, para supervisar los trabajos en el Palacio de la calle Entre Ríos. Otra, inerte, sobre una camilla, envuelto entre los gritos de su familia y empleados.

Vittorio Meano. El italiano es el autor del proyecto original del Congreso.

Desde agosto de 1897 Meano llevó adelante todos los días una misma rutina, justo minutos antes de salir de su casa para caminar la cuadra y media que lo separaba de la obra del Congreso, el proyecto que diseñó y dirigió. Ese día de junio será el último en el que esquive a los más de 15 empleados de su casa-estudio de Rodríguez Peña 30, y le dará un beso corto en la mejilla a su mujer, Luisa Franchini. Ella, Luisa, él Vittorio, a pesar de que ambos nacieron en Italia; pero mientras que el piamontés prefería que lo llamen por su nombre de bautismo, su mujer eligió dejar atrás el “Luigia” y adaptarse al idioma del país al que habían llegado en 1884.

Teatro Colón. El primer edificio se encontraba frente a Plaza de Mayo. Tamburini es el autor del que conocemos actualmente./ Archivo Clarín

Esa no sería la única diferencia en este matrimonio, pero eso lo sabían sólo unos íntimos y el personal doméstico. Fue uno de ellos el que llegó corriendo esa mañana otoñal hasta la construcción del Congreso para avisarle a su patrón que alguien conocido de ambos había entrado a la casa, con permiso de la señora. Un golpe de calor, tensión en los músculos de todo el cuerpo y el torrente sanguíneo fluyendo con locura hasta dejarle la cara bordó fueron las impresiones previas a una corrida furiosa hasta su casa. Vittorio no llegó a quitarse el pelo desordenado de la cara que se disiparon sus dudas: encontró a Luisa y a Carlo Passera (un ex empleado), juntos. La escena duró unos segundos, lo que tardan dos disparos en llegar al corazón. El caos se extendió a todo el barrio. A paso ligero llegó Domingo Nogueira, el vigilante de la esquina, aturdido por los alaridos en gallego, italiano, español. Passera logró escaparse entre el tumulto, aunque el caso tuvo tanta relevancia que no tuvo opción más que entregarse poco después. El arquitecto de 44 años murió casi en el acto, poco después de gritar: “¡Me han muerto, que embalsamen mi cadáver!”, según testimonios al diario La Prensa.

Congreso. Así lucía el edificio en 1906.

Passera fue condenado por homicidio. Luisa fue acusada por cómplice pero nunca fue presa. La historia de amor entre Vittorio y Luisa había comenzado en un momento tormentoso en la vida de ambos. Se conocieron mientras ella estaba casada con un hombre de reputación dudosa y Vittorio era ya un profesional talentoso de 24 años – uno menos que ella- y de una intensa actividad nocturna. La oportunidad de empezar una nueva vida en pareja se las dio su connacional, Francesco Tamburini, quien invitó a Meano a venir a la Argentina, en donde aquel arquitecto tenía encargos muy importantes, entre ellos, la ampliación de la Casa Rosada y el nuevo Teatro Colón.

Francesco Tamburini. Invitó a Meano a trabajar en Argentina.

Las detonaciones de las balas que mataron a Meano atronaron los cimientos del Congreso. Con su muerte, también quedó inconcluso el Teatro Colón, que ya había visto morir a Tamburini en 1891 y de manera sorpresiva. El completamiento de ambos edificios cayó sobre otro arquitecto pero la atmósfera de esas historias debe haber resonado, por caso, en el Palacio Legislativo con el asesinato en sus inmediaciones de Héctor Olivares y Miguel Yadón; y algo de ese crimen fatal, así como el del senador Enzo Bordabehere, están adheridos como capas de musgo a un edificio que no había nacido y ya había sido testigo de un crimen.

Palacio Barolo. Se inauguró en 1923, un año después de la muerte de su propietario.
Foto Guillermo Rodriguez Adami

100 metros de curvas de hormigón sobre la Avenida de Mayo esconden una vida trágica, aunque a primera vista la imagen del Palacio Barolo refleja la sólida belleza de las primeras décadas del siglo XX.
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Sitios y obras que despiertan misterio

Infografía: Clarín

Su promotor era Luis Barolo, un empresario textil y agropecuario que había llegado de Italia en 1890 ya siendo un reconocido emprendedor, atraído por la posibilidad de incrementar su fortuna. Era, por este comportamiento y otros, un hombre ambicioso y arriesgado, cualidades que lo impulsaron a ser parte de un círculo excelso de inmigrantes italianos, en el que conoció a su mujer, Luisa Molteni, al arquitecto Mario Palanti y a la masonería. De ahí que se hable de su muerte como un asesinato por envidia. Barolo y Palanti eran ambos admiradores de Dante Alighieri, un dato que resultó ser la semilla de uno de los grandes misterios del Palacio: ¿El edificio es un homenaje a la Divina Comedia? No hay documentos que respalden esta idea, pero sí hay consenso entre historiadores que sostienen que los dos amigos estaban convencidos de que las guerras destruirían por completo a Europa, y que la construcción de un monumental edificio sería un homenaje a la belleza del Viejo Continente.

Símbolos. Existe la creencia de que el edificio se concibió en Homenaje a Dante Alighieri, y hasta que se quiso guardar sus cenizas aquí.

Barolo era un empresario de éxito y estaba acostumbrado a lograr lo que se proponía, pero su palacio le presentó un desafío particular. Su construcción comenzó en 1919 con la previsión de quedar terminado en 1921, cuando se cumplían – casualmente, dirán los descreídos del mito – los 600 años de la muerte de Dante. Pero se terminó dos años después, y Barolo nunca llegó a verlo terminado. La noticia de su muerte en 1922 circuló rápido aunque pocos se fiaron de la versión oficial que sostenía que este hombre sano de 52 años había sido “víctima de un ataque cardíaco”, como afirmaban los diarios. Mientras, en la calle los comentarios eran más turbios. Se murmuraba que, desahuciado por la demora que sufrió su obra, Barolo se había suicidado y hasta que lo habían envenenado.

Detalles. Por sus características tan singulares, la obra llevó más tiempo de lo planeado.

En “El rascacielos latino”, un film dedicado a los misterios del Palacio, se asoma otro motivo que abona la teoría del suicidio. Lo saca a la luz el director Sebastián Schindel, quien indaga sobre la desaparición, poco antes de que se encontrara el cuerpo del empresario, de una escultura que Palanti mandó a hacer personalmente a Trieste. Era un cóndor con las alas desplegadas sobre cuyo lomo posaba Dante; y que se esfumó poco antes de la muerte de Barolo. El retraso de la obra y la ausencia (tal vez robo) de la estatua eran un cúmulo de negligencias inaceptables para este “hombre de acción y de empresa, en quien se hallaban reunidas, en raro consorcio, las condiciones que hacen destacar a todos aquellos que han nacido para triunfar en la vida, tales como una férrea voluntad, un poderoso espíritu de iniciativa, una perseverancia poco común y un constante amor al trabajo”, como decía su obituario en La Prensa.

Estatua. Hace unos años se creó una obra similar a la original, desaparecida antes de la inauguración del Barolo. Foto Guillermo Rodriguez Adami

El Palacio Barolo fue inaugurado el 7 de julio de 1923 pero su dueño sólo llegó a ver su construcción hasta el purgatorio. En el infierno quedó vagando el arquitecto Palanti, que después de terminada la obra se volvió a Italia y le escribió a Mussolini para ponerse a sus servicios. El dictador nunca le respondió y él se retiró al campo, donde murió a los 94 años. El cielo del Palacio Barolo quedó -afortunadamente – reservado para sus inquilinos y la ciudad. Si Palanti era el arquitecto preferido de la élite italiana, el milanés Virginio Colombo lo era para la burguesía inmigrante que quería contarle al mundo que había “hecho la América”. Incluso lo mismo puede decirse de Colombo al menos hasta los 43 años, cuando lo encontró la muerte “larga y penosa”, como se decía en 1928, o rápida como una bala, como se especuló después.

Casa de los Pavos Reales. Una de las obras emblemáticas de Virginio Colombo. Foto: Gustavo Ortiz

Colombo fue un arquitecto muy valioso para Buenos Aires. Es el autor de La Casa de los Pavos Reales y de la Casa Calise, entre las más de 50 obras que realizó en un breve lapso, todas con un sello art nouveau expresado en sus diferentes vertientes. Nació en Milán en 1885 y llegó a la Argentina en 1906, en donde sus ideas encontraron eco entre sus connacionales más adinerados. En las fachadas de sus casas incorporó cabezas de leones, querubines, cariátides femeninas, cabezas de mujer, pavos, halcones, dragones y nautilus, una figura que se repite en la mayoría de sus obras.

Casa Calise. En avenida Yrigoyen 2568, esta obra fue un encargo de la familia Calise, dedicada a la actividad vitivinícola. Foto: Martín Bonetto.

Sin embargo, su estilo cargado se fue agotando, y este arquitecto de ojos tristes y saltones supo virar su creatividad hacia diseños más modernos. Durante 7 años hizo una importante cantidad de casas en la zona norte de la ciudad y se sabe que en 1926 terminó una vivienda familiar en la calle Bacacay, en Flores. Lo que siguen son rumores contradictorios. Sobre que estaba a punto de tomar un proyecto muy importante y también que estaba enfermo.

Figuras. Una de las cuatro parejas de pavos reales que decoran el frente de la casa que los lleva en el nombre, en Av. Rivadavia 3216-32. Foto: Gustavo Ortiz

Colombo murió el 28 de julio de 1928 y la comunidad lamentó su abrupta partida entre miradas de intriga. A tal punto fue dudosa su muerte, que hace unos años dos historiadoras, Ana Di Cesare y Margarita Paroli, encararon una investigación sobre el milanés. De ésta, relatan: “Nos quedamos heladas. Del libro de inhumaciones en el Cementerio de la Chacarita se desprende: Colombo Virginio, 43 años, casado, italiano, calle Moreno 2091, herida de bala en la cabeza región temporal”. Suicidio o asesinato, la duda sigue flotando entre las paredes de sus obras.

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