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Caminar por Parque Rivadavia

Debo reconocer que cada vez soy más sedentario. Y eso es malo. Pero siempre estoy a punto de dejar de serlo. Cuando leo uno de esos artículos en los que algún experto recomienda caminar 10.000 pasos por día para tener una salud robusta, me entusiasmo y me digo: “¡Mañana arranco!”. A veces –muchas-, me miento. Pero las veces que no, la caminata tiene un solo destino y escenario: el Parque Rivadavia. Me calzo las zapatillas y emprendo el camino hacia ese pulmón verde que es sinónimo del barrio de Caballito y que, además, es uno de mis lugares favoritos de la ciudad. Nunca conté los pasos que median entre el punto de partida en Boedo y el Parque, pero aproximadamente en 20 minutos estoy en una de sus esquinas: Rivadavia y Doblas. Caminar por un lugar tradicional de Buenos Aires es transitar por su historia. La ciudad siempre deja vestigios de su pasado. Así, me cruzo con una noria antigua, de los tiempos en los que el Parque Rivadavia todavía no existía y ese predio correspondía a la quinta de los Lezica. Hacia 1840, cuando la avenida Rivadavia era el Camino Real y Caballito era una zona de quintas entre la aldea porteña y el pueblo de Flores, Don Ambrosio Plácido Lezica, comerciante y uno de los fundadores de la Bolsa de Comercio, se instaló allí con su familia. La noria de la quinta de los Lezica y el monumento a Bolívar, dos íconos del Parque Rivadavia

Rodrigo Nespolo – LA NACIONDonde hoy se levanta el monumento a Bolivar estaba la enorme casona de la que ya no quedan rastros, rodeada de una frondosa arboleda. El frente de la quinta estaba protegido por una pared baja con rejas y pilares. Detrás del portón principal custodiaban el acceso dos leones de bronce. Pero estos felinos no eran los únicos custodios del lugar. Según las creencias de entonces, por las noches, pasar por la vereda del predio aseguraba una cita con el espanto. De hecho, en términos populares, la de los Lezica fue conocida como “la quinta de los fantasmas”. Por caso, decían que a la luz de la luna, una lavandera se paseaba por los jardines y colgaba sus prendas de las ramas de los árboles. Lo espeluznante de este personaje era que le faltaba la cabeza. También hubo testigos de ruidos inquietantes, lamentos, luces inexplicables… el paraíso de los amantes de lo sobrenatural. Sigo caminando. En algún momento, porque mi andar es aleatorio, más cerca de la calle Rosario, me encuentro con una escultura que, por su belleza desnuda, sufrió el desgarro del exilio. Se trata de la llamada Fuente Catalana o de la Doncella. La quinta de los Lezica ya era el Parque Rivadavia cuando se descubrió esta estatua, el 19 de julio de 1931. Una multitud se congregó para la ceremonia, ya que la obra de mármol blanco era una donación de la comunidad catalana de la Argentina a Buenos Aires, y había sido realizada especialmente por el escultor barcelonés José Llimona. La Fuente Catalana o Fuente de la Doncella fue un regalo de la comunidad de Cataluña en la Argentina a Buenos Aires y, debido a su desnudez, fue desterrada del Parque Rivadavia, aunque regresó 39 años despuésArchivoEsa escultura de una mujer despojada de ropa, inclinada levemente para recoger agua de un pilón, estaba en un lugar del parque más cercano a la avenida Rivadavia, donde se sumaron en los 60 el monumento a la madre, realizado por Luis Perlotti y un templete para la Virgen de Luján. Pero en 1971, por un pedido promovido por el sacerdote Fernando Carballo, la fuente fue retirada y trasladada a la Plaza San Martín, en Retiro. La doncella, según el cura, se interponía entre la Madre celestial y la madre terrenal. En febrero de 2010, gracias a la gestión de Horizonte, la revista de Caballito y el Casal de Catalunya, la escultura retornó al parque. Pero, por las dudas, a un lugar más solitario. Tradicional feria de libros usados y nuevos de Parque RivadaviaHugo MoujánDicen que cuando uno sale a caminar no está bueno detenerse. De modo que mi marcha no debería aceptar interrupciones cuando paso por el sector del parque donde venden libros. Pero sucumbo a la tentación y freno. Aún no estoy ni cerca de los 10.000 pasos, es verdad, pero en uno de los puestos, el 31, encuentro una joya publicada en 1988: Caballito; historia del barrio y del Parque Rivadavia, de Enrique G. Herz. Lo hojeo y ojeo, lo compro y sigo caminando, pero con una sonrisa. Sé que llevo el material que necesitaba para escribir estas líneas.Por Germán WilleSeguí leyendoManuscrito. El disco de tu corazónManuscrito. No me digas vieja, soy mamáManuscrito. San Martín, del otro ladoTemasManuscritoCaballitoConforme a los criterios deConocé másOtras noticias de ManuscritoManuscrito. Gatopardos, apenas un polvillo doradoManuscrito. Esos libros perdidos para siempreManuscrito. Celebrar al prodigio de Bruno Gelber

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