Anticipo exclusivo de "La traición", la nueva novela de Fernández Díaz

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Jorge Fernández Díaz

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24 de octubre de 2020  

La primera vez que veo en vivo y en directo a Sebastián Bonet es durante la ceremonia del Bicentenario de la Independencia. Se codea, a pura sonrisa, con el Presidente de la Nación en el palco de honor del Campo de Polo. A esa hora de la tarde, recibimos un alerta en la “cápsula” y se le sugiere al jefe máximo que abandone el lugar. Anuncian por altavoces que se retira, él devuelve los aplausos con la mano en alto y nosotros lo acompañamos hasta el helicóptero blanco con los pelos de punta. Luego nos enteramos de que el repliegue se debió a un incidente en el desfile callejero, sobre la avenida del Libertador: la policía detectó algo raro y detuvo a un tipo que intentaba sumarse a la marcha de los excombatientes de Malvinas. El sospechoso aparenta sesenta años, se coló en un grupo que tenía el acceso autorizado a la cancha de polo y porta una Ballester Molina 11.25. Hacen falta seis para reducirlo, porque es muy bravo. Más tarde la Señora 5 quiere saber de quién se trata; le informan que es un exmilitante del ERP que recibió entrenamiento en La Habana, que participó en atracos y atentados con explosivos, y que fue capturado y puesto a disposición del Poder Ejecutivo diez meses antes del golpe de 1976. Pasó nueve años en distintas cárceles, y tiene, como cualquiera de nosotros, problemas psiquiátricos. La Ballester Molina está oxidada y con ella no habría podido cargarse a ningún paisano, pero al menos le abren una causa por portación de armas de guerra. El tipo se llama Bublik y le dicen el Ruso. No le pueden sacar una palabra, y eso que los muchachos lo trabajan a fondo tres noches y dos días. Buscan un magnicida verborrágico y una conspiración, pero al final únicamente consiguen a un infeliz silencioso con una herramienta inútil, un lobo solitario sin dientes destinado más al loquero que a la historia.

Bonet no se entera de este zafarrancho de combate: apenas el Presidente sale de escena, el senador recula hasta la salida estrechando manos y besando niños, y se va a almorzar a su casa de Highland Park. En el campo suena la banda musical de la Agrupación Acuartelamiento Aéreo de Getafe. Tocan “Que viva España”. Los colaboradores especiales de la Casa Militar permanecemos hasta el último compás de la jornada y después nos encargamos de sacar al Jefe de Gabinete. A las cuatro quedamos liberados, y nos tomamos unas cervezas en la Costanera. Cae el sol sobre el río, se termina el día y, por ahora, no ha muerto nadie.

La segunda vez que veo a Bonet es en la terminal de Buquebus cuando él intenta abrazar a su esposa y ella le da un empujón tan fuerte que por poco no lo sienta de culo. Se llama Carina, es licenciada en Ciencias Políticas y madre de dos abogados y una psicóloga: lleva el pelo corto y negro, y unos anteojos intelectuales que resaltan fuertemente sus ojos claros. Una mujer refinada y a lo mejor un tanto sufrida, que alguna vez fue delgada y a quien un cirujano le agregó últimamente algunos centímetros en la zona del pecho y un toquecito que le suaviza las patas de gallo, aunque todo sin exagerar y con buen gusto. La Señora 5 la reconoce como una “mina inteligente” pero eclipsada por la fama de Bonet. Cálgaris y yo comparecemos muy temprano en su nueva oficina de 25 de Mayo, y oímos de Beatriz Belda los detalles del problemita que se suscitó anoche en un hotel cinco estrellas de Uruguay. Mientras lo cuenta, Beatriz trota sin transpirar en su cinta. No quiere que intervengan ni la Agencia ni la Cancillería, y lo ideal es ver si se puede apagar la mecha antes de que todo salte por el aire. Bonet estaba en Europa, pero ya sacó un pasaje de regreso; su mujer trató de asesinar a su propia hermana empujándola por la escalera. La frustrada homicida está en una celda de la única seccional y su víctima, en el sanatorio regional y con pronóstico reservado. Todavía la prensa grande no picó, a pesar de que el chisme corre rápido por el pueblo, pero un periódico zonal ya publicó un suelto de último momento. Es cuestión de horas.

No hace falta que Belda nos explique lo importante que Bonet es para este gobierno; los analistas políticos lo califican como “la pata progresista” del proyecto: un referente de la centroizquierda que ejerce desde afuera una fiscalía republicana y extiende un certificado moral, y que además garantiza la gobernabilidad coqueteando con Balcarce 50 y quitándole, a cambio, fondos y prebendas para sus hombres y su partido. Bonet merece nuestro mayor esfuerzo. Llevo a Cálgaris hasta el aeroparque y lo pongo en un avión a Montevideo: el coronel se encargará del Poder Judicial y las altas esferas, mientras que yo me subiré a un ferry y me ocuparé de desembarcar en el terreno raso. Se trata de una operación rutinaria para nosotros, un reflejo de los viejos y buenos tiempos, sólo que ahora estas faenas clandestinas de limpieza se cumplen a pedido de la Señora 5. La reforma de todo el Sistema Nacional de Inteligencia y la designación de Belda en el cargo más alto, modificaron un mecanismo fundamental de ese organigrama invisible: la Casita perdió toda autonomía y pasó a funcionar como agencia paralela a órdenes exclusivas de la gran dama. Y a espaldas del Presidente, que no tolera ese tipo de artimañas, aunque se beneficia indirectamente con ellas. La reforma buscó iluminar los sótanos de los servicios y la Comisión Bicameral fiscaliza como nunca las nuevas tareas de la Central, de modo que Beatriz se maneja como una santa impoluta ante los legisladores y la opinión pública, pero íntimamente se cree muy por encima de la ingenuidad presidencial, tiene una actitud paternalista con su petit comité, toma decisiones de alta política sin consultar y se reserva para sí el privilegio de utilizar la Casita en esa clase de maniobras alternativas. La Jefatura de Gabinete observa a Belda con suspicacia, como si ella siempre estuviera a prueba y sin sospechar siquiera la existencia de la base Chacabuco. La estructura oficial de la AFI mira para otro lado porque es gente muy curtida y no quiere pisarle los callos a la persona equivocada. Leandro Cálgaris fue uno de los “cerebros” de esa perestroika, y es un asesor influyente en la corte de la nueva reina. A pocos les gusta meterse con ese geronte peligroso que ya debería haber pasado a cuarteles de invierno, pero que siempre se las arregla para caer bien parado.

El hotel resulta fastuoso y no guarda la menor proporción con esa ciudad modesta; todos saben que es fruto del lavado de los años noventa, aunque ya cambió varias veces de dueño. El gerente estudia mi carnet de la Policía Federal Argentina y me cuenta todo lo que le dijeron al comisario y a la jueza de turno: Carina y Florencia Fabrisi se alojaron en un dúplex con vista a un bosque de pinos y eucaliptos; jugaron tenis, usaron la pileta y el spa, y cenaron varias noches a solas en un restaurante que hay a dos kilómetros de ruta y campo. Nada llamó demasiado la atención del personal, salvo que las hermanas parecían siempre enfrascadas en largas conversaciones, y que al comienzo se reían mucho, que luego las oían discutir en voz baja pero tensa, y que al final cada una parecía andar por su lado, como si estuvieran disgustadas. Las empleadas que aseaban la habitación de dos pisos encontraban cada mañana muchas botellitas de whisky vacías en el cesto de la basura. La otra noche, tardísimo, un camarero vio a Carina fumando a solas en una terraza y se le acercó para preguntarle si se sentía bien y si deseaba algo: la mayor de las Fabrisi lloraba a moco tendido. Un miembro del equipo de mantenimiento creyó oír gritos e insultos cuando, doce horas más tarde, atravesó el parque para arreglar un desperfecto en la instalación eléctrica. Y una de las chicas de la conserjería, la verdadera testigo de cargo, declaró que Florencia subió al primer piso donde está la biblioteca y que poco después apareció en la recepción su hermana con mala cara y fue a buscarla con zancadas enérgicas. Empezaron a levantar el tono, aunque la chica no puede reproducir los términos de la disputa, y entonces Carina gritó “¡Hija de puta!” y Florencia rodó por las escaleras y cayó dando tumbos, como si fuera un muñeco. “Estaba torcida, inconsciente, creímos realmente que se había roto el cuello”, dice el gerente, y yo tomo nota. Carina se quedó en lo alto unos segundos, y después bajó corriendo, como loca, abrazó a su hermana y trató de reanimarla mientras pedía que llamaran a un médico. Llamaron a una ambulancia y a un patrullero.

Visito el sanatorio y me recibe cordialmente su director. Es verdad, los uruguayos son argentinos mejorados. Mientras no sea periodista, poco le importa si pertenezco a la Federal o al MI6. Traumatismo craneal leve con pérdida del conocimiento y lesiones musculares. Recuperó la consciencia, pero la tienen con analgésicos y bajo observación, y le están haciendo varios estudios; presumen una lumbocitalgia traumática con compresión radicular. Tuvo suerte, pero tardará en recuperarse y experimentará unos dolores horribles. El vigilante que monta guardia en la puerta de Terapia me impide el paso. Voy caminando hasta la seccional y pido una entrevista con el taquero. Tengo que esperarlo un largo rato en ese destacamento bien pintado y mal provisto donde nunca pasa nada, pero donde ahora suenan los teléfonos, van y vienen los zumbos y se percibe en el aire un nerviosismo general. Afortunadamente, el coronel me avisa por whatsapp que el subsecretario de Interior llamó al comisario para que no exagerara y para que me llevara el apunte. Y que le están dando una mano en la Suprema Corte, porque la jueza es un poco testaruda y mandada. Me pregunta si los cuervos sobrevuelan. “Por ahora no vi ningún corresponsal, pero estarán al caer”, le respondo. “Apurate”, me ordena.

El cacique finalmente me hace a pasar a su cubículo. Es un gaucho regordete con un bigotazo gris; no convida su mate amargo, pero me informa los progresos. Carina Fabrisi de Bonet está hasta las manos y necesitaría más un abogado que un cana. La jueza decidirá en cuarenta y ocho horas si es accidente, agresión o intento de homicidio. Por supuesto, ya sabe que la rea es la esposa de un senador argentino, y la trata con cierto tacto. Está incomunicada, pero yo puedo visitarla extraoficialmente, dadas las directivas de la superioridad. La visito en su celda de dos por tres, y nos dejan solos. Tiene hinchados los párpados y las mejillas de tanto llorar, pero no parece desesperada. Le ofrezco un cigarrillo y la escucho: vinieron a festejar el cumpleaños de Florencia, un viaje de hermanas que se debían desde hacía mucho tiempo. Estuvieron repasando toda su vida, la infancia feliz, los novios de la adolescencia, las cosas de la familia. Florencia no se casó ni tuvo hijos, lo que para sus padres equivalía al fracaso más rotundo. “Ella me empezó a recriminar que fuera tan egocéntrica y perfectita, con un nivel de celos que a mí me dejó con la boca abierta -dice exhalando una columna de humo-. Se pudrió todo, y empezamos a pasarnos facturas y terminó en un desastre. Flor estaba histérica y se cayó como una bolsa de papas. Me cuentan que está bien, gracias a Dios”. Sonrío porque le reconozco la sangre fría, y le explico que le conviene decirme la verdad. “¿La verdad? -me devuelve después de veinte segundos-. Vaya y pregúntele a ella. Es la que tiene que dar las explicaciones”.

Le hago caso, no porque le crea sino porque nos corre el reloj y es necesario tomar todos los atajos posibles. El comisario duda, pero al final llama al director del sanatorio y éste me franquea el paso. Florencia Fabrisi es más joven y más armoniosa que Carina; se nota que ha puesto mucho más empeño en su figura, aunque luce unas arrugas marcadas y unas ojeras lúgubres. Está acostada y prendida a una bolsa de suero, y tiene un moretón en la nariz y otro en el cogote. Los calmantes no le impiden enfocarme con interés ni escucharme con curiosidad. Sabe que su hermana está presa y comprende que urge sacarla antes de que llegue la televisión. Cierra los ojos unos instantes y suspira, como resignada, y me dice en un susurro que Carina es inocente. “Quiso matarme -agrega a continuación, y casi me electrocuta-. Pero con toda la razón del mundo”. Le rueda una lágrima densa por la cara; la grabo con el celular mientras me describe los hechos. La cuñada de Bonet es además su asesora jurídica en el Honorable Senado de la Nación. Empezaron a trabajar juntos, muchas veces de noche, y a viajar a distintas provincias por asuntos del Parlamento y del partido. Sebastián es un gran seductor de masas, de intelectuales y de artistas; sedujo también a la hermana de su mujer. Fue algo progresivo, casi sin darse cuenta. Se dejaron llevar. Y comenzó un larguísimo romance clandestino y doloroso para Florencia, un calvario de culpas pero a la vez una montaña rusa de excitación prohibida y complicidades. Carina empezó a sospechar que Sebastián tenía una amante y lo hizo seguir por un detective, pero no consiguió nada. La única acompañante fiel del senador era su hermana; ni se le pasaba por la cabeza sospechar de ella. Pero un día la mayor pescó la mirada de la menor en un asado familiar, y a la semana siguiente se apareció de sorpresa en el despacho de Bonet y descubrió que había salido a almorzar con su hermana; los alcanzó y comió con ellos, que estaban locuaces e incómodos. Y entonces presintió lo peor, pero fue incapaz de encararlos ni de contárselo a los demás. Se sentía avergonzada, indignada, y a veces, dubitativa: ¿no estaría, a fin de cuentas, viendo fantasmas, siendo un poco paranoica? “Yo intuí lo que pasaba, la conozco mucho -dice Florencia mordiéndose un labio-. Traté de dejar a Sebastián seis o siete veces. Se lo juro. Pero la piel es una perdición. Carina empezó a insistirme con estas vacaciones juntas, quería sacarme de mentira verdad, y después pegarme un tiro”. Pero no podía pasar un fierro por la aduana y al final improvisó: usó los escalones bajo emoción violenta. “Fueron días negros -suspira-. Y yo no tengo perdón”.

Mientras camino de regreso a la seccional hablo con Cálgaris y le anticipo que todo se arreglaría con una declaración inmediata de Florencia Fabrisi: dirá bajo juramento que discutían por huevadas y que se resbaló. El coronel no pierde un minuto, corta para volver a llamar a alguien. En la vereda de la comisaría hay un fotógrafo y dos nabos con anotadores. El taquero ya ha sido instruido para mantenerlos en ascuas, pero una llamada de Montevideo lo persuade de poner la jeta e informar que no tiene a la señora Bonet en calidad de detenida sino apenas demorada en averiguación de un accidente doméstico. La declaración desinfla un poco la expectativa mediática, aunque al atardecer ya los nabos se multiplicaron por cuatro. A las nueve en punto, la jueza ordena liberar a Carina Fabrisi, y la cana me permite sacarla por la puerta de atrás, meterla en un remise, conducirla a la terminal y subirla a un Buquebus. Acomodada en primera, mirando el horizonte de espumas, Carina dice: “Mis viejos fueron muy duros con mi hermana, todo el tiempo me ponían como ejemplo, la ignoraban a Florencia. Eso resintió todo entre nosotras. El vértice de la familia era yo, el escenario del encuentro era siempre mi casa, y la mayor tenía todo: plata, hijos, esposo, respeto y veneración paterna. Flor no se estaba cogiendo a Sebastián. Créame. Nos estaba cogiendo a todos nosotros, principalmente a mí”. El psicoanálisis está hundiendo a Occidente.

A pesar de esa indulgencia melancólica, cuando Carina Fabrisi se encuentra con Bonet en la terminal de Buenos Aires y el senador trata de consolarla con un abrazo, ella lo empuja con la misma fuerza e intención con que arrojó a su hermana por aquellas escaleras. El progresista no cae de culo ni de nuca porque lo agarro a tiempo del brazo y lo sostengo en el aire. Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día.

Por:
Jorge Fernández Díaz

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