Entendiendo otra semana negra del Brexit

Theresa May (AFP)Finalmente, el Reino Unido obtuvo una extensión y el próximo 31 de octubre es el día en el que (de no mediar una nueva extensión) el Reino Unido abandonará la Unión Europea (UE). El plazo original era el 29 de marzo, y ante la incapacidad del parlamento británico de aprobar un acuerdo de salida, ya fue extendido dos veces. Lo cierto es que nadie sabe bien qué ocurrirá, y todas las cartas están sobre la mesa. Es tal el desconcierto que el ex presidente de Polonia, Aleksander Kwaśniewski, aseguró que el Brexit “es mejor que cualquier cosa que hay en Netflix”.El origen del meollo es que el referéndum de junio de 2016 que gatilló el proceso fue una irresponsabilidad absoluta por parte de los partidarios de la “salida” de la UE. Mientras que estaba claro qué significaba la opción “quedarse”, los partidarios de irse nunca especificaron exactamente qué significaba irse y en qué condiciones (por ejemplo, nunca aclararon qué ocurriría con la frontera entre Irlanda e Irlanda del Norte). Irse de la Unión y eliminar la libre circulación de personas implicaría volver a una frontera “dura” entre Irlanda del Norte (parte del Reino Unido) y el sur de la isla, independiente. Estas cuestiones están lejos de ser un tema menor: varios analistas temen que una frontera despierte tensiones adormecidas y así echar por la borda los acuerdos de paz del Viernes Santo de 1998.Adicionalmente, los partidarios de la salida mintieron deliberadamente sobre el costo. Aseguraban que el peso propio del Reino Unido les permitiría negociar un acuerdo ventajoso y que eso redundaría en ahorro de dinero. Lo cierto es que se calcula que el Gobierno británico deberá pagar unas 13 mil millones de libras esterlinas como arreglo por las obligaciones adquiridas por el Gobierno mientras fue parte de la UE; y que la negociación de salida necesariamente implicará concesiones a Bruselas.A resultas de esto, hay una división entre los “duros”, los que están dispuestos a irse de la UE y el mercado único sin acuerdo y a cualquier precio de una vez por todas, que se oponen a los “blandos”. Estos prefieren irse acordando una permanencia en el mercado único y alguna libertad de movimiento (un arreglo parecido al de Noruega, que no es miembro de la Unión pero es parte del Espacio Económico Europeo).Estas desavenencias llevaron a que el acuerdo forjado por la primera ministra Theresa May sea sistemáticamente rechazado por los primeros, que consideran que la propuesta mantiene al Reino Unido tan cerca de la UE que es irrelevante.Mientras que los duros y blandos no se ponían de acuerdo en los términos, llegó el 29 de marzo, primera fecha estipulada de salida. May tuvo que pedir una prórroga en Bruselas, que concedió hasta el 12 de abril. A esta fecha los diputados tampoco llegaron con un acuerdo. En el interín, el Parlamento votó que impedirá la salida sin acuerdo. Al mismo tiempo, los líderes europeos (con el presidente francés Emmanuel Macron a la cabeza) se pusieron firmes con el Reino Unido para evitar un efecto contagio: están dispuestos a que Londres sufra las consecuencias de su decisión para evitar que en el futuro algún país quiera chantajear a la Unión con una amenaza incumplida de irse.Mientras tanto, los pro Europa sueñan con que la salida del laberinto sea por arriba y que finalmente, ante la encerrona, el Reino Unido se mantendrá dentro de la UE. Aunque la situación actual podría prácticamente dejar al Reino Unido adentro de la unión por inacción, los políticos se niegan a admitir que tal vez la mejor manera de salir de la parálisis es un referéndum donde las opciones (no acuerdo, acuerdo, quedarse) estén mejor explicitadas. Todos temen la crisis política que podría suscitarse ante el enojo de los que votaron por irse si simplemente se desobedece ese mandato. Y como si todo esto fuese poco, la primera ministra puso su cargo a disposición. Pero ni aun así el Parlamento estuvo dispuesto a aprobarle el acuerdo.Con la reciente extensión, y aun si el Parlamento lograra aprobar un acuerdo de salida, es altamente improbable que el Reino Unido se vaya antes de 2020 o 2021 por lo menos. Con esta nueva dilatación, el país está obligado a participar en las elecciones parlamentarias europeas de fines de mayo. Estas elecciones (casi siempre de muy baja participación) otorgan una oportunidad de evaluar el sentimiento de los británicos a la permanencia en la unión luego de tres años de confusión generalizada.Con más tiempo para negociar un acuerdo político, es altamente probable que haya una nueva elección general: el Gobierno de May está muy desgastado y casi todos en las islas ven necesaria una renovación del liderazgo que encare la etapa final del Brexit. La elección podría clarificar el panorama: obligaría a todos los partidos a clarificar sus intenciones en relación con la salida. Esto es particularmente aplicable al Partido Laborista, que se ha mantenido asombrosamente ambiguo sobre qué tipo de solución cree conveniente. Es probable, sin embargo, que ningún partido obtenga una mayoría. Así, las dos opciones más viables serían un nuevo referéndum (posiblemente boicoteado por algunos) o una salida de la UE bastante menos transformadora que la que sueñan los duros. Y con un costo alto: un país más dividido, una clase política más fragmentada y polarizada que antes.Nunca iba a ser fácil desenredar al Reino Unido de una organización tan compleja como la Unión Europea. Pero, sorpresivamente en la tradicionalmente pragmática y moderada política británica, todo ha sido empeorado por la irresponsabilidad de buena parte de la dirigencia política.El autor es profesor de Ciencia Política en la Universidad Torcuato Di Tella y Universidad Nacional de San Martín.

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