El presidente ordena una lavada de cara

Por DECLAN WALSHEL CAIRO — Si las afamadas pirámides de Giza son la viva imagen del antiguo Egipto, la caótica ruta que lleva a los turistas al complejo ofrece una auténtica inmersión en el país moderno.El Anillo Periférico, una autopista de 110 kilómetros con baches, es el autódromo suburbano de El Cairo. Autos destartalados y colectivos abarrotados circulan a toda velocidad sobre la arteria, zigzagueando peligrosamente entre los ocho carriles. Los accidentes fatales son frecuentes; los tiroteos, no tanto.Sin embargo, es la vista desde el Anillo Periférico lo que más inquieta al presidente Abdel Fa­ttah el-Sisi: los toscos edificios de ladrillo rojo, cubiertos de mugre, que bordean la carretera al pasar sobre los ashwaiyat, los asentamientos informales donde vive la mayoría de los 22 millones de residentes en el área metropolitana de El Cairo.En enero, Sisi ordenó que todos los edificios así del país fueran pintados de un color uniforme.Muhammed Circa, residente en uno de los edificios de ladrillo rojo, bebía una taza de té en la apretujada oficina de primer piso de un amigo abogado que domina el Anillo Periférico. Meditó sobre el gran plan de Sisi de embellecer su barrio deslucido.“Nunca funcionará”, declaró. Circa no estaba contento con los planes de hacer que los residentes paguen su propio trabajo de pintura.El deseo de Sisi de un cambio de imagen evidentemente fue incitado por una visita al Gran Museo Egipcio, un proyecto de 1,1 mil millones de dólares que se construye cerca de las pirámides. Planea una inauguración de gala el año entrante, con la asistencia de líderes mundiales, y quiere darle una lavada de cara a El Cairo para entonces.

Ladrillos expuestos salpican el paisaje en las zonas de bajos ingresos de El Cairo. El presidente Abdel Fattah el-Sisi los quiere pintados. (Sima Diab para The New York Times)

Pero la mayor preocupación de Circa no son las pirámides, sino sus primos más pequeños: los diminutos modelos en piedra de esfinges, faraones y pirámides que él hace.El turismo cayó desde la Primavera Árabe de 2011, mientras que el precio de la piedra que utiliza se ha triplicado. “Sisi presiona demasiado a la gente”, se quejó. “Está tratando de empujar a Egipto hacia arriba, pero se ha olvidado de ver hacia abajo, a la gente común”.Los amigos de Circa lucían incómodos. Las críticas públicas contra líderes egipcios pueden ser peligrosas; muchos egipcios han sido encarcelados por decir menos en Twitter y Facebook.“Las cosas no están tan mal”, interrumpió Abdul Manshawi, un simpatizante autodeclarado de Sisi. Manshawi trabaja en bienes raíces, un rincón en auge de la economía egipcia por lo demás moribunda. Por todo El Cairo, enormes anuncios espectaculares promueven complejos de lujo dirigidos a los ricos.Sin embargo, el 40 por ciento de los 98 millones de habitantes de Egipto vive en barrios más parecidos al lugar donde se encontraban, con edificios a menudo construidos ilegalmente.No hace mucho, los proyectos de pintura eran una señal de esperanza en El Cairo. Tras la Primavera Árabe, jóvenes egipcios motivados se unieron a artistas extranjeros para crear un enorme mural que abarcaba docenas de edificios.Sin embargo, el proyecto de Sisi está impulsado por un deseo de conformidad. Los funcionarios han sugerido que los edificios de El Cairo sean pintados en tonos color tierra, mientras que los pueblos frente al mar irán de azul.© 2019 The New York Times

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