Ya que andamos por Rusia: Pushkin, el alma de un pueblo

Para el puñado (o miles) de argentinos que por estas semanas acompañarán a la Selección en su aventura mundialista, o para los millones que palpitarán por televisión y por las redes, ésta es una oportunidad única de acercarse a una de las culturas más cautivantes, la cultura rusa. Y si en el campo de la música, el ballet o la plástica los nombres rusos indican vanguardias, también se da en la literatura.Mirá también Arte y fútbol: los museos que no te podés perder si viajás al MundialDesde la profundidad y grandeza de un Tolstoi hasta el relato intenso, incomparable, de un Vassili Grossman Vida y destino, cuyo valor sólo se conoció después de su muerte. Y de la caída del régimen socialista. Nombres como Gógol, Chéjov o Dostoievski desde fines del XIX figuran en toda recopilación clásica, como Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva en las obras del último siglo. Pero el poeta y dramaturgo por antonomasia proclamado por los rusos -y que atraviesa a todos los regímenes políticos, aún cuando fue un combatiente contra el absolutismo feudal de los zares- es el de Alexander Pushkin.Retrato de Alexander Pushkin. Lo hizo Vasily Tropinin en 1827.Turistas o viajeros de estos días por el Mundial podrán visitar el museo que lleva su nombre -es uno de los más importantes de Moscú- o también conocer su residencia sobre la popular calle Arbat, aunque no es allí donde se accederá a su obra. Esta fue transformada en óperas colosales como Boris Godunov por Mussorgsky y Eugenio Oneguin por Tchaikovsky, con temáticas distintas, pero que atravesaron la vida y obra de Pushkin. Y no le cede en grandeza, una fenomenal novela corta como El bandido Dubrovsky, aún cuando no haya alcanzado la popularidad de aquellas.Pushkin, descendiente de un militar oriundo de Abisinia, África, nació en 1799 y en su infancia recibió dos influencias que serían decisivas: la literatura francesa -marcada por los ideales de la Revolución de 1789- y las canciones y cuentos populares que le transmitió su nodriza campesina Marina Rodionova. “Los cuentos y canciones populares fueron una inspiración vital para sus obras”, define Orlando Figes en El Baile de Natacha. Pushkin unía la calidad de la alta cultura con la voz “del pueblo”. “Intentaba, como escritor, dar forma a un lenguaje que pudiera llegar a todos”, agrega Figes. Le hablaba por igual al príncipe y al campesino. Su destino de poeta y dramaturgo estaba marcado.”Oh, fantasía, eres mi único bien”, proclamaba con 15 años. Sobre aquellas influencias se incorporaron las lecturas de Lord Byron con su impronta romántica y la educación en el Liceo de Tsarkoe Selo, una institución basada en el modelo de los liceos franceses de los tiempos de Napoleón. Pero también por esa época surgió en Pushkin un espíritu rebelde, cuestionador del despotismo zarista. No en vano a su contemporáneo, el Zar Nicolás, lo apodaban “el zar del garrote” y sobre la época definían que “era peligroso hablar y cobarde callar”.Mirá también San Petersburgo, la ciudad de los palacios y las noches blancasAquel Pushkin juvenil escribió una Oda a la Libertad y versos que representaban toda su audacia: “Surgirá, créeme camarada /una estrella de dicha cautivante, /cuando Rusia despierte de su sueño /y cuando nuestros nombres sean escritos en las ruinas del despotismo”. Entre 1820 y 1824 fue deportado al sur y aprovechó para explorar las tendencias populares cosacas y para escribir su primera obra relevante, Ruslan y Ludmila. Más adelante lanzaría El prisionero del Cáucaso y comenzaría a imaginar Eugenio Oneguin. También se acercó a de los jóvenes decembristas -que se rebelaron contra el régimen a fines de 1825 y fueron rápidamente sofocados- pero desde allí se movió en los círculos intelectuales. “Los jóvenes decembristas pasaban mucho tiempo en juergas. Algunos como Pushkin y sus amigos de la Lámpara Verde, un simposio desprejuiciado de libertinos, poetas, veían la lucha por la libertad como un carnaval. Encontraron en la libertad un modo de vida y en el arte, un rechazo a la rigidez convencionalista de la sociedad”, describió Figes.Pushkin finalmente fue autorizado a establecerse en Moscú, inclusive con una designación menor como “gentilhombre de cámara” en la corte, tras pasar otros dos años confinado en una hacienda familiar. En realidad, preferían tenerlo cerca y vigilado (y también a su deslumbrante esposa, Natalya). Nos legará La dama de picas donde evoca al San Petersburgo antiguo y nocturno, en atmósfera de misterio) y La hija del capitán (una romántica novela basada en la sublevación campesina de 1773). Ingresa con profundidad en la historia del imperio con la novela Boris Godunov y despliega su veta romántica en Oneguin, donde una de las protagonistas, Tatiana, simboliza al ideal de mujer rusa de la época.”Oneguin es una enciclopedia de la vida rusa. En ninguna otra obra puede verse con tanta claridad la influencia radical de las convenciones culturales en el sentido ruso de la identidad”, describió el crítico Vissarion Bielinsky. Y sobre el personaje de Tatiana apunta que “era la encarnación literaria de aquel ser ruso natural, tanto que el estilo sencillo el vestido que usaban las mujeres nobles pasó a conocerse con el nombre de ‘Oneguin'”. Arte. En el Museo Pushkin de Moscú. /AP¿El duelo a muerte entre el dandy Oneguin y el poeta Lensky prefiguraba el final de Pushkin? Éste vivía en un ambiente de intrigas, celos, deudas de juego y censura. Nunca se sabrá si le tendieron una trampa, o se encadenaron circunstancias por azar. La leyenda indica que le advirtieron sobre uno de los festejantes de Natalya, un tal D’Anthes, francés que se desempeñaba como oficial de húsares del zar. Era el 29 de enero de 1837, sobre un campo blanco, cerca de San Petersburgo. Pushkin lo retó a duelo de pistolas. D’Anthes cayó herido, Pushkin murió. Al francés se lo llevaron en camisa, en un trineo descubierto, atravesando el crudo invierno ruso. Lo arrojaron en la frontera y no lo dejaron volver más. Pushkin cumplió su destino, cuando anticipó: “Mi obra será inmortal”. Por eso generaciones de rusos -inclusive bajo el absolutismo zarista, en el régimen socialista y mucho más en la modernidad- no dudan: “Es nuestro Shakespeare, nuestro Goethe, nuestro Voltaire”.

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