El Día del Último Canto

Fin de viaje. Más de doscientos activistas de #Dante 2018 se reunieron el martes 10 en la Biblioteca Nacional de la calle México para celebrar el Día del Último Canto, esto es, el fin de la lectura de la Divina Comedia iniciada el primero de enero de 2018 a razón de un canto por día. La idea fue de Pablo Maurette, ensayista y profesor argentino que enseña literatura comparada en Chicago. El 16 de noviembre de 2017, Maurette tuiteó: “Queridos amigos, les propongo que arranquemos el 2018 leyendo la Divina Comedia. Empezando el 1 de enero, un canto por día. La terminamos el 10 de abril. Vayan procurándose una buena edición.” El entusiasmo fue en aumento. El 19 de diciembre Maurette se envalentonó: “Hagamos de #Dante2018 el comentario textual más grande del mundo. Una catarata imparable de marginalia. Un Talmud virtual, horizontal, vertical y en tiempo real.” El plan era ambicioso y simple a la vez. “#Dante 2018 -escribió Maurette el primer día del año- es una lectura abierta, simultánea y masiva de La Divina Comedia. Un canto por día empezando el 1º de enero. Cien cantos. Cien días. Para participar necesitan: 1) el libro 2) un ratito todos los días 3) tuiter 4) abandonar toda esperanza.” La idea, redonda como el planeta, terminó involucrando a miles de lectores en todas partes del mundo. Y el martes en la Biblioteca no sólo hubo gente de Buenos Aires sino también de varios puntos del país, de Posadas, Mendoza, Bahía Blanca, Mar del Plata y otras ciudades. La jornada, que incluyó además la exhibición de las anotaciones de Borges en distintas ediciones del poema de Dante y algunas ilustraciones surgidas al calor de este proyecto, comenzó a las 15 con la proyección de la película L’inferno, realizada en 1911 por Liguoro, Bertolini y Padovan, que presentó el crítico de cine y miembro de la tribu #Dante 2018 Santiago García. Lamentablemente no llegué a ver la película. Llegué bien pasadas las cinco de la tarde, cuando el experto Pablo Williams promediaba una finísima interpretación del Canto XXXIII del Paraíso. Luego el poeta Jorge Aulicino respondió preguntas sobre su visión como traductor de la Comedia (traducción en verso libre que yo seguí en esta lectura y recomiendo calurosamente). El pianista Leandro Rodríguez Jáuregui tuvo a su cargo la parte musical, como había ocurrido en los cierres del Infierno y el Purgatorio, pero esta vez no tocó piezas del compositor dantista por excelencia, Franz Liszt, sino que, como él mismo dijo, buscó algo menos obvio. Más que la idea de la Comedia, tomo la idea de “final” o despedida, y ofreció una bellísima interpretación de los Preludios corales que Johannes Brahms compuso poco antes de su muerte. El director de la Biblioteca Alberto Manguel habló sobre su experiencia personal con la Comedia, el Ministro de Cultura Pablo Avelutto dijo también unas palabras, y se proyectó un video con el segundo gran héroe de la jornada después de Dante Alighieri, el profesor Maurette, que saludó y leyó el último canto (en una versión en prosa todavía inédita de Pablo Williams) desde Ravenna, a pocos metros de la tumba del poeta, especialmente invitado por los maravillados italianos para el cierre de #Dante2018. Un párrafo aparte merece la conferencia de Silvia Magnavacca, especialista en filosofía medieval. Aunque el término “especialista” no parece del todo feliz en este caso, porque Magnavacca no habla como una erudita sino como alguien que pareciera vivir o manejarse con naturalidad en ambos mundos, el nuestro y el de Dante, con un sentimiento de la historia que tal vez sea exclusivo del filósofo: la idea de que nada está del todo muerto y de que ciertas cosas continúan interpelándonos. En cierta forma es como la luz que nos siguen dando estrellas acaso ya extinguidas. Magnavacca interpretó y actualizó (sin “normalizarla” ni establecer paralelismos) la Comedia como el gran proyecto filosófico y político de Dante. Su intervención produjo una ovación conmovedora, interminable, que ella quiso detener sin conseguirlo. El domingo pasado escribí sobre ciertos conjuntos musicales, planetas en torno de los que uno podría orbitar toda la vida, como las sonatas de Scarlatti y las canciones napolitanas interpretadas por Roberto Murolo. Ahora me siento en condiciones de postular otro planeta, que es la Divina Comedia (da la casualidad que también es italiano). Hay sin duda muchísimos otros planetas literarios, pero pocos que se acerquen tanto a la forma de la percepción musical. Porque si bien la Divina Comedia es un mundo de significaciones que excede por completo el idioma de la música, está formada por cantos, cantos rítmicos para leer y para oír, rimas para decir y recordar, y hay en Dante una autolimitación tan estricta y una devoción tan metódica que, por decirlo así, la forma es contenido y viceversa. En ese sentido se parece a la música, y seguramente también en el modo en que suele volverse a la Comedia. Uno vuelve una y otra vez a las mismas sonatas de Scarlatti o de Beethoven, y el placer gana con ello. Manguel contó el martes que todas las mañanas, a la manera de un ejercicio inspirador, vuelve a leer un canto, y Borges, que le dedicó una de sus conferencias y nueve ensayos increíbles, siguió releyéndola toda su vida en las ediciones más diversas. Un viaje ha terminado y seguramente otro más largo comenzó.

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