“Los angelitos del Parque Avellaneda”: hace 50 años que se juntan a jugar al fútbol y ya van por la tercera generación

La situación se parece a un cuento de Eduardo Sacheri o de Alejandro Dolina: un grupo de viejos, que podría ahora mismo estar en misa o en un centro de jubilados jugando a las cartas, al dominó o a las bochas, se prepara para un partido de fútbol. Varios están por llegar a los 70 años. Cada jugador que llega recibe una cargada. Es la bienvenida. “Dos troncos juntos”, le dicen al que se apoya sobre el árbol. Al que se jubiló de kinesiólogo lo cargan con su físico: “Panza con cuerpo”. De otro se burlan diciéndole que seguro se formó en las inferiores de Independiente. “Antes hablábamos de minas; ahora de próstatas, riñones y presión alta”, se sincera otro, refiriéndose al tercer tiempo.Hay equipo. De los fundadores, quedan seis. Se renueva./ Rolando AndradeMirá también “Los angelitos del Parque Avellaneda”: un equipo con profesionalesSon las nueve de la mañana del domingo y “Los angelitos del Parque Avellaneda” siguen festejando los 50 años de juntarse a jugar al fútbol. Calculan que ya superaron los 2.500 partidos. Para el aniversario, alquilaron un salón y organizaron una cena show, con sus mujeres. “Somos como Mirtha Legrand. Ella cumplió 50 años en la televisión; nosotros, 50 de amistad. La única diferencia es que la famosa es ella”, dice “Colores” -José Rostkier- y el resto asiente.Mirá también El señor de los árboles de Parque Avellaneda: con troncos muertos, crea obras de arteEsta historia, o este cuento, comienza un domingo de 1967, casi de casualidad, cuando un grupo de pibes de distintos barrios de la Ciudad de Buenos Aires llegaba hasta los fondos del Parque Avellaneda. Cada uno lo hacía por su cuenta y con sus bolsitos para cambiarse y sentarse a esperar el sí de los más grandes, para entrar. A pesar de que la cancha era pura tierra: sin arcos, sin líneas, con vidrios y un árbol en el medio. Hoy, coinciden, el Parque está mejor que nunca. En aquella época, ninguno tenía más de 22 años. Terminaron formando un grupo que desayunaba en el Parque, jugaba y hacía un tercer tiempo con gaseosas y empanadas o sánguches. Y pasaron a ser ellos los que recibían pedidos para entrar a la cancha. Antes, los partidos y los grupos se armaban así. No como ahora, que se entra a la cancha con un equipo de amigos o de compañeros de trabajo.Al arco. El partido es entretenido. Hay llegadas y muchos goles: en apenas una hora, más de diez. / Rolando AndradeMirá también La barra de jubilados que vive en la plaza de Villa Real como en su segunda casaCon el tiempo nacieron los “bautismos”. Al que una mañana llegó con un buzo marrón, lo apodaron “Marrón”. Al que venía con la camiseta del Inter de Milán, le pusieron “Inter”. Al arquero que atajaba vestido de rojo lo llamaron “Gay”, por el arquero de Independiente de la época. Lo mismo con el delantero hincha de Boca: Palermo. O “Madero”, por el que se parecía al delantero de Estudiantes de La Plata. Durante años, jugaron juntos sin conocerse por sus verdaderos nombres. Alcanzaron a ser 36 para jugar. Y 30 afuera, esperando para poder entrar. También se acercaban vecinos, pero sólo para mirar los partidos. Lo mismo con los ocupantes de algunos autos que se frenaban y se quedaban a observar. Un lujo fue jugar con ex jugadores profesionales. Y otro lujo fue y es jugar con sus hijos y sus nietos. Con una condición: respetar a los viejos. Durante un tiempo, hasta tuvieron árbitro. Que no cualquiera: un loco que se vestía de referí y salía a las esquinas a tocar el silbato y sacar tarjetas a los vecinos, como si estuviera en una cancha. Desapareció de un día para el otro y no supieron nada más sobre su paradero. Como los protagonistas de los cuentos de Dolina.Festejo. Todos se gritan, todos se festejan, todos se aplauden. / Rolando AndradeMirá también Los campeones del 86 volvieron a Tilcara“De los primitivos, quedamos seis”, dice Ángel Di Pietro, mientras infla una pelota. Conversa con Clarín fuera del campo de juego. Es el que trae las pelotas, el que reparte las pecheras, el que putea a los que llegan tarde. O como él mismo define: “Todo grupo tiene un boludo que se encarga de las cosas: en éste, el boludo soy yo”. Ya pasó los 70 y dejó de jugar hace 13 años, después de algunas operaciones. Pero nunca de ir. “Si tuviera mucha plata, pagaría un millón de dólares por poder volver a jugar. Mi vida es mi familia, San Lorenzo y el Parque Avellaneda; el resto no tiene sentido. Ya pedí que tiren mis cenizas acá, en la cancha”.A cargo. Di Pietro infla una pelota. No juega hace años pero igual va siempre./ Rolando AndradeMirá también El billar, un clásico que resiste y hasta tiene torneo internacionalEl partido es entretenido. Hay llegadas a los dos arcos y muchos goles: en apenas una hora, más de diez. Todos se gritan, todos se festejan, todos se aplauden. Se juega por abajo; los viejos largan rápido la pelota. Y la que corre es ella, en lugar de ellos.Tiempo de juego. Desde adentro o como espectadores, los partidos son parte de las vidas de “Los angelitos”. / Rolando AndradeMirá también Los Pabellones de Pueyrredón, el mini barrio de Capital con costumbres de pueblo“Colores” tiene 64 años y es el más joven de los viejos. Está de bermudas, chomba y zapatillas. Dice que hace unos minutos probó y no le dolió nada; que el próximo domingo lo va a volver a intentar. “Lo tenés que asimilar, ‘Colores’”, le dicen mientras cuenta lo que son sus domingos después de un problema en los intestinos que lo alejó. “Conformate con venir, reírte, compartir el tercer tiempo”, lo consuelan. “Si lo nuestro trasciende el fútbol”, le dice “La Vieja”, otro a quien el cuerpo no le da para jugar. “Trascender el fútbol” es donar sangre cuando alguna se tiene que operar, ir a un velatorio o hacer un asado para festejar el regreso después de una operación. Pero “Colores” insiste. El domingo volverá a intentarlo.Mirá también Desconectados: la vida en cuatro barrios porteños sin subtes, Metrobus ni trenesMiguel Di Lucía llegó al Parque un domingo hace doce años. Con su bolsito y ganas de jugar. Tiene 53 años y cuenta que se imagina en la cancha hasta donde el cuerpo se lo permita. ”No todos superan no poder jugar más. Es una frustración que no les permite ni venir a los asados o ver a sus amigos. Los ves una vez al año y se van rápido: la pasan mal”, confiesa.Porque los periodistas siempre les preguntamos a los jugadores profesionales cómo es la vida sin el fútbol. ¿Pero cómo será para los que jugaron durante 50 años? En la misma cancha y con los mismos amigos. Será como esas cosas que sólo podrían ocurrir en un cuento.

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